@patriciarache
Noviembre es el Mes de la Familia en República Dominicana, instituido en 1971 por decreto presidencial a solicitud del Movimiento Familiar Cristiano, perteneciente a la Iglesia Católica.

Desde entonces, se celebran actividades educativas y espirituales en distintas partes del país, aunque resulta obvio, a juzgar por los niveles de convivencia que se manifiestan en cualquier rincón que, en vez de celebraciones, se impone una revisión crítica en busca de respuesta sobre la pregunta: ¿qué está ocurriendo dentro de los hogares dominicanos?
Adultos mayores son relegados y olvidados; parejas que protagonizan episodios de violencia física, emocional y económica, casi siempre con finales desastrosos, niños, niñas y adolescentes que sufren abusos que van desde la negligencia hasta la barbarie con agresiones y violaciones sexuales, torturas y amenazas de todo tipo; jóvenes que parecen ser invisibles y un largo etcétera de deterioro, cuyas consecuencias dan grima.
La familia, lejos de ser el refugio de paz, amor, aprendizaje, comprensión y desarrollo, se ha convertido en escenario de múltiples violencias. Solo hay que ver los datos que ofrecen la Procuraduría General de la República, otros organismos oficiales y algunos no gubernamentales, los cuales no dejan ningún lugar a la duda.
Solo entre enero y abril de 2025 se registraron 21,385 denuncias de violencia intrafamiliar, de las cuales, 7,399 fueron por violencia verbal y psicológica y 4,707 por agresiones físicas.
En los últimos cinco años, publicaciones periodísticas, República Dominicana ha acumulado más de 341,000 casos de violencia intrafamiliar y de género. El 95% de las víctimas son mujeres, y los agresores suelen ser parejas, exparejas o familiares cercanos.
La situación de niños, niñas y adolescentes también es alarmante y aunque los datos específicos sobre muertes y agresiones sexuales en el entorno familiar requieren mayor desagregación, los informes del Observatorio de Justicia y Género confirman un aumento sostenido de denuncias por delitos sexuales cometidos por personas del círculo íntimo.
En este contexto de posverdad, como académicos, políticos y analistas definen estos tiempos, en los que la apariencia suplanta la verdad y el vínculo se diluye en la virtualidad, es urgente hacer esfuerzos por recuperar el sentido profundo de la familia, no como una institución idealizada, sino como un verdadero espacio de protección, afecto y formación ética.
El liderazgo del mundo cristiano ha proclamado desde siempre el valor y la importancia de la familia, lo cual tiene un gran significado, aunque algunos representantes han incurrido en conductas profundamente contradictorias con los valores que proclaman, especialmente en lo relativo a la protección de la infancia.
El Papa Juan Pablo II, por ejemplo, proclamaba que “la familia está llamada a ser un templo, o sea, una casa de oración”; el inolvidable Francisco, decía que “la familia es el lugar donde se aprende a amar, a perdonar y a ser solidario” y el también carismático y actual Papa León XIV tampoco anda con rodeos al proclamar que: “La calidad de vida de un país se mide por la manera en que permite a las familias vivir bien y disponer de tiempo para sí mismas”.
La idea no es maquillar el dolor de la desunión familiar con metáforas, sino formular un llamado urgente a la acción, que incluya, la revisión de políticas públicas, el fortalecimiento de redes comunitarias, la educación en afectividad; el reclamo de justicia para los que han sido víctimas y hasta el uso de las redes sociales para revertir en, por lo menos, respeto el odio que suelen destilar algunos a través de ellas.
La sociedad requiere familias sanas para seguir creciendo y alcanzar sus metas de desarrollo. Es necesario volver al nido, lo cual no significa retroceso, sino reconocimiento, porque se trata de sembrar el futuro sobre la base de un adecuado presente.
El país ha sido sometido a muchas pruebas en distintos órdenes y las ha superado, no es posible que para su gente resulte imposible volver al hogar y reencontrarse con su familia, a cuyos miembros debe respeto, cariño, amor, comprensión y atención en su justa dimensión.
Sin vínculos sanos, no hay ciudadanía plena y sin respeto, que debe predicarse con la práctica desde todos los estamentos, públicos y privados, no hay justicia verdadera y menos duradera. Es tiempo de que trabajemos por la familia. La situación social y el avance económico del país lo reclama. ¡Bienvenido, noviembre!

