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ARTÍCULO DE PORTADA: Periodismo arrodillado

No todo el que habla merece un titular. No toda declaración merece un micrófono. Y no todo personaje que acumula seguidores en el ecosistema...
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ARTÍCULO DE PORTADA: Periodismo arrodillado

No todo el que habla merece un titular. No toda declaración merece un micrófono. Y no todo personaje que acumula seguidores en el ecosistema digital merece el privilegio de marcar la agenda pública.

EL AUTOR es periodista, magíster en Derecho y Relaciones Internacionales. Reside en Santo Domingo.

Sin embargo, una parte del periodismo dominicano ha decidido abdicar de su responsabilidad. Ha cambiado el rigor por el algoritmo, la investigación por el espectáculo y la ética por el clic.

Hoy, cualquier provocación se convierte en noticia si garantiza audiencia, aunque provenga de figuras cuya credibilidad pública ha sido ampliamente cuestionada o cuyo historial esté rodeado de controversias. Eso no es periodismo. Es mercadeo de la indignación.

La libertad de expresión no obliga a los medios a amplificar cualquier disparate. Su deber no es servir de altavoz para quienes viven de la confrontación permanente, sino ofrecer contexto, verificar los hechos y proteger el debate democrático de la contaminación deliberada.

Cuando un comunicador o dirigente convierte la mentira en estrategia, el escándalo en negocio y la polarización en combustible político, el periodista no puede limitarse a repetir sus palabras como si fueran una verdad más dentro del mercado de las opiniones. Hacerlo equivale a blanquear la manipulación con el prestigio de un medio.

El daño es mayor cuando esos discursos penetran en una generación que consume información a la velocidad de un video de treinta segundos. Allí, el impacto emocional suele derrotar a la evidencia y la virilidad desplaza al pensamiento crítico.

El periodismo no está llamado a censurar, pero sí a ejercer criterio. No es un amplificador automático ni una lavandería de reputaciones. Su obligación es separar los hechos del ruido, la información de la propaganda y el interés público del negocio del escándalo.

Cada vez que una redacción convierte la provocación en portada sin ofrecer contexto ni contraste, deja de cumplir su misión. Y cuando el periodismo renuncia a ser el filtro de la verdad para convertirse en el eco de la estridencia, la democracia pierde una de sus últimas defensas.

Porque el peor enemigo de la libertad de prensa no siempre es la censura. A veces es un periodismo que ha olvidado para qué existe.

quezada.alberto218@gmail.com