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Mi paso por la cárcel de La Victoria; Yo reclamo lo de mi provincia

Por Julián Paula

En el Día Internacional de la Mujer, les presento un cuento, de una mujer que me salvo dos veces la vida. La primera vez, me la salvó a mí y a bastantes de mis camaradas; presos en el penal de La Victoria.

EL AUTOR: Es economista y político. Reside en Azua

Todo se inició en los tiempos de Trujillo, del cual Balaguer y Caamaño; fueron fieles colaboradores. Nos parece que, desde entonces, Caamaño traía algo contra Balaguer y en los preparativos de la guerrilla, siempre escuchaba, que él lo quería vivo. Cuando el desembarco de Caracoles en Azua en febrero del año 1973, Caamaño vino ya nosotros teníamos mucho tiempo preso. Los organismos de seguridad entendieron o tenían el informe, de que Caamaño entraría por Azua y recogieron a todo el que ellos creían, que podría sumarse y apoyar a la guerrilla. Realmente, esos organismos estuvieron muy desinformados, porque yo no era de nada y José Monzón, que había sido chofer constitucionalista y amigo personal de Caamaño; sí que lo esperaba y nunca lo detuvieron. Digo lo de Monzón, porque ya murió, pero había otros muchos más implicados; que aún viven. Nosotros los conocíamos, pero la orden era, nunca delatar a nadie. En esos tiempos, existía el orgullo de no ser delator. Ahora, los calieses, viven muy orgullosos de serlo. Así que, desde Azua, fuimos llevados al Palacio Policial, Puntilla, Alejandro, Ismael, Rolando y Aguilar. Ismael y Rolando, ya se fueron con el señor. Ismael, era un hombre muy guapo, que sabía manejar muy bien las armas. Rolando también. Rolando fue el hombre más guapo que yo he tratado de cerca. Solía bajar al fondo del mar y buscar a los tiburones, para mirarlos cara a cara y luego arponearlos. En tierra firme, era lo mismo. Ángel Rosario, Puntilla, está en su casa, Alejandro también y Aguilar, creo que sigue en Las Barias; La Estancia Azua. Ya en la cárcel de la Victoria, conocimos al más alto de los camaradas, que aún tengo el placer de compartir su amistad. Se trata de Frank Edward Moreno. Su responsabilidad era, el mantener la moral de él y de los compañeros del MPD, en alto. Era una especie de líder. Como sabía que mis familiares no venían a verme, una tarde en la visita, me presentó a Daniela. Eran mujeres buenas, que venían a la cárcel, a solidarizarse con los presos y sacaban las notas de prensa que yo hacía y le entregaba a Frank. Frank se las daba a las mujeres, que las sacaban clandestinas en sus partes. Traían regalos y conversaban con uno. Hacían su trabajo. Daniela me dijo una tarde, que yo debería ser actor de cine y no meterme en política. Ella logró hacerme sentir muy bien y la esperaba todos los jueves. Para entonces, llegó la guerrilla de Caamaño y nos prohibieron las visitas. Les daban pelas con frecuencia a los presos. Eran muy frecuentes, que despertaran a uno en medio de la noche, unos gritos desesperados, de presos golpeados. Sentía el corazón, salir por la boca. Lo último fue, que, a las cerdas, les cerraron las salidas de las aguas servidas y las cerdas, navegaban llenas de mierda. Dormíamos en camas doble de guardia y tuvimos que eliminar, la planta baja y entonces, se la pusimos arriba, como un sombrero. Después, también nos dejaron sin agua. No recuerdo porque tiempo, pero nos moríamos de sed, mientras escuchábamos en radios clandestinos, las escasas noticias de la guerrilla de Caamaño. Una tarde llevaron unos camiones tanque llenos de agua y fuimos todos a coger agua. Recuerdo que el agua cuando salía, se le podía ver el serrín del moho. Pero, así nos hartamos y comenzó una disentería colectiva. Los baños, primero tenían filas medio decentes, después era toda una anarquía de gente cagando por do quiera. Uno pujaba y salía la sangre a chorrito. Nos entraba la palidez mortal, bien rapidito. La prensa hizo un escándalo con los muertos y reabrieron las visitas. Ese día de visita, ya yo estaba vencido. No tenía fuerzas para moverme de mi cama. Pimporra y Frank Edward Moreno, me llevaron un té de la semilla del mango con sal. Me dijeron que Daniela lo había inventado y que los presos se estaban sanando. Yo los escuchaba muy lejos y no tenía interés. Pimporra ordenó que me taparan la nariz y me obligaran a tragar. Un trago y sentí que la vida me regresó. Me pare de allí medio cadavérico y me fui a ver a las visitas. Llegó mi hermano Alfonso Paula. Vino preocupado, por las noticias, de que la gente, nos estamos muriendo en la cárcel. Lo veo venir, estoy triste y medio sin fuerzas, pero alegre de haberme levantado y de ver a mi hermano. Me pasó por el lado ronzándome y no me reconoció. Él se detiene y vuelve, entonces le salgo al paso y le pregunto ¿Rubito, y es que ya no me conoces? ¡Oh Julián! ¿Y eres tú? El próximo jueves, Rubito volvió y me confesó, volví, porque creía que te ibas a morir, pero ya lo rebasaste. De esa me salvó; Daniela. Luego, tuve un tiempo en NY, trabajando y bebiendo como un cosaco. Una noche de invierno y nieve, me caí borracho antes de entrar a una barra del Bronx. Entonces, seguí caminando de rodillas y empujé la puerta con la cabeza. Una mujer me ayudo a sentarme y bebimos. Ella me trajo a mi casa y se quedó conmigo. Ella me dijo que se llamaba Daniela. Yo le dije, que tenía una amiga que se llamaba así y que también cojeaba de una pierna como ella. Me dijo, esa soy yo. Mira mi nalga, fue una inyección ¿Ahora te acuerdas? Yo te reconocí, cuando entraste a la barra. Nos conocimos en la cárcel de la Victoria. Yo era motivadora de la gente sin familia y te gustaba mucho que te dijera, que parecías un artista de cine.  Y, el té, de la semilla de mango, sana también la diabetes. No sé porque, pero me dormí llorando sobre su hombro. Al otro día, Daniela me llevó a Alcohólicos Anónimo. Me dejó allá y prometió volver. Con las terapias del perdón de los A A, y la abstinencia por dos meses; me declaré sano.  Y, perdidas las esperanzas de que Daniela volvería, le di, un nunca más; a aquel lugar. En el Día Internacional de la Mujer, le hago un reconocimiento, a una mujer que me salvo dos veces la vida. Se llama Daniela; nunca supe su apellido.