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Historias de amor sin final feliz

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Carlos Rey: El autor es pastor evangélico. Reside en Estados Unidos

Por Carlos Rey

Guaimaral, hijo del cacique llamado Mara que gobernaba por los lados del lago de Coquivacoa o Maracaibo, le pidió permiso a su padre para ir a Cúcuta. Allí el cacique Cúcuta le entregó en matrimonio a una de sus hijas. Trágicamente, al año murió la recién casada, pero el joven viudo decidió quedarse de todos modos a vivir en la región, y su ex suegro decidió a su vez adoptarlo como hijo.

Tiempo después llegó a esas tierras el conquistador español Diego de Montes con la intención de arrasar con cuanta comunidad indígena encontrara. La tribu cercana de los Cíneras le hizo frente, pero eso dio como resultado que su cacique, Cínera, fuera ahorcado de un árbol, y que Zulia, la hija de Cínera, se dedicara ella misma a formar un ejército que luchara contra Diego de Montes.

Una vez que organizó a los suyos, Zulia convocó a las tribus vecinas, y el cacique Cúcuta, por su parte, respondió enviando a sus guerreros bajo el mando de su hijo adoptivo Guaimaral. El ejército indígena tomó por sorpresa el campamento de Montes, y exterminó al español y a sus hombres.

Después de la victoria, Guaimaral y Zulia quedaron perdidamente enamorados. Pero «aún estaban comiendo perdices cuando apareció otro Diego español, Diego de Parada, resuelto a vengar a su tocayo —relata el historiador colombiano Gustavo Gómez Ardila en su obra titulada Cúcuta para reírla (Escenas de su historia)—. Los ejércitos indígenas habían regresado a sus respectivas tribus, por lo que los Cúcutas y los Cíneras debieron enfrentar en inferioridad de condiciones al invasor.

»El desastre criollo fue total. Zulia murió en pleno combate, no sin antes haberle exigido a Guaimaral… que no volviera a casarse…. »—Júramelo —le dijo ella, con voz entrecortada.

»Guaimaral [no] tuvo tiempo… para jurarle fidelidad eterna. El enemigo le pisaba los talones. Sabiéndose reviudo, huyó despavorido…. [y] regresó a Coquivacoa donde, a la muerte de Mara, [su padre,] heredó la corona. [Pero no sabemos si volvió a casarse.]

»Queda demostrado —concluye Gómez Ardila— que los [conquistadores] españoles no sólo aniquilaron a los indígenas, despojándolos de su cultura y sus riquezas, sino que no los dejaron vivir sus historias de amor con final feliz.»1

Francamente, no parece justo que un cónyuge moribundo le pida al otro que no vuelva a casarse, y menos aún que se lo jure antes de tomar su último aliento. Tal vez pudiera justificar semejante petición pensando que su matrimonio ha sido insuperable, y que por lo tanto no quiere que el cónyuge se exponga a ser decepcionado la próxima vez. Pero por eso mismo pudiera razonarse que ese cónyuge reúne todos los requisitos necesarios para hacer feliz a otra persona, y que eso lo acredita para volver a casarse.

Gracias a Dios, todo viudo y toda viuda pueden hallar cierto consuelo en el hecho de que Él diseñó el matrimonio precisamente porque determinó que «no es bueno que el hombre esté solo».2 Pero, si vuelven a casarse, será mucho menor el riesgo de ser decepcionados si cumplen con la condición de San Pablo de que los dos sean auténticos seguidores de Cristo.